domingo, 10 de noviembre de 2013

INDEPENDENCIA:
Discurso y poder.
Yherdyn Peña*

            El siglo XXI se caracteriza por la simultaneidad, la inmediatez, la velocidad y la intrascendencia de las continuas tendencias modales que cada vez resultan más efímeras. La desvalorización del sujeto es otra de las realidades latentes en nuestro contexto actual, y por ello, su comprensión pierde interés y relevancia. De igual manera, se desvalora el conocimiento del pasado producto de la asimilación de una existencia finita que se ve reducida al instante; todo aquello que no es ahora, no posee notabilidad; el instante se convierte de esta manera, en el único tiempo en el que se puede conjugar al individuo.               
            Y en medio de esta tormenta, nuestras escuelas y universidades no han logrado asimilar aún esta situación, puesto que éstas marchan a una infinitésima velocidad con respecto a la que imprimen los cambios que se suscitan en la sociedad; quedan rezagadas y buscando explicaciones desde cuadros de valores obsoletos y a través de instrumentos que pierden su validez en la medida que resultan poco menos que aplicables a estas nuevas realidades.
            De la misma manera, es necesario señalar, que la violencia como instrumento fáctico de los poderes que se disputan la hegemonía en el seno de la sociedad ha enseñoreado todos sus ámbitos, y a su vez ha pretendido distorsionar la realidad presente construyendo nuevos referentes y significados de nuestro pasado histórico. El cual, al ser banalizado resulta fácilmente fracturable y sus distorsiones son casi imperceptibles por las generaciones que acuden a esta resemantización de la historia.
José Antonio Páez
            Y en este sentido, el incontenible e inalcanzable tiempo remonta las estepas en las que se fragua la esencia misma de la historia, inconmensurable como la propia existencia pareciera que se nos escapara del alcance, que ese nuestro pasado se diluyera a causa del más ingrato de los visitantes: el olvido. Hoy, rememoramos fechas, exaltamos nombres de manera indiscriminada, arropamos percepciones carentes de sentido e incurrimos en la falta sin igual de la reproducción de estereotipos construidos desde los discursos oficiales, entiéndase: desde los discursos de los poderes.
            En este orden de ideas, señalamos que, el manejo del pasado como herramienta para justificar actuaciones, glorificar y sobredimensionar realidades ha sido una constante en el quehacer sociopolítico humano. Es por esta razón, que a doscientos años de nuestra independencia resulta apremiante que el discurso que sobre este hecho se construya y se transmita, nos permita la consolidación de una república en que la unidad desde la diversidad sea el motor que ponga en marcha nuestra cotidianidad. No basta con la grandilocuencia encendida desde multitudinarias concentraciones para reconocernos parte de un colectivo, no es suficiente la recurrencia del discurso mediático para considerar de buena fe, que estamos asistiendo a la configuración de la identidad del ser social republicano. Realidad que por cierto, producto de la actual polarización en el panorama político nacional produce que los sujetos que la conforman se cohesionen en torno a fracciones y parcialidades desde las que se desdibujan las condiciones propias de la nacionalidad. Asistimos igualmente a la divergencia absoluta e irreconciliable sobre los orígenes y sentidos de nuestra vida republicana a partir de visiones maniqueístas y descontextualizadas del pasado.

       Por tal razón, esta generación bicentenaria está convocada innegablemente a “…buscarse en las ausencias de su historia. Eso es, escudriñarse en cada agujero cultural vivido y como corolario de una hechura social originaria.[1] Tal como lo expresara Berrios (2007: 51). Pero para ello, resulta necesario que se comprenda que en la construcción de nuestra historia, la retórica ha sido el método privilegiado en el estricto sentido de la búsqueda de la belleza y la proyección de vigor en el estilo con el cual se ha llevado a efecto. Con esta actitud, se ha alterado, se ha ocultado o se ha mentido sobre la realidad histórica para satisfacer percepciones particulares y convalidar proyectos políticos en diferentes etapas de nuestra historia.
            A partir de esta afirmación, se puede además señalar que el espacio primordial para dichas mistificaciones en la historia venezolana ha sido precisamente el período de la independencia, catorce años de nuestra historia – los de la guerra de emancipación - sobrepasan con creces el centimetraje dedicado a cualquier otro acontecimiento de la misma. De esta manera, el proceso independista se convierte en el cero histórico para los venezolanos. Lo que a claras luces nos expresa la obligación que nos convoca al estudio de los acontecimientos que enmarcaron esta realidad.
            Se destaca desde estas líneas que la condición otorgada a la independencia como única matriz generadora de historia acarrea implicaciones muy serias dentro del proceso formativo de la identidad nacional, la construcción del imaginario colectivo se consolida negando incluso a las propias razones que provocaron la ruptura con el nexo colonialista del imperio español, socava la ilusión de efectuar una mirada longitudinal que trascienda a los estertores del sistema republicano, puesto que a partir de esta realidad, se asume que hemos sido concebidos en el fragor de la guerra y que somos hijos de la confrontación y la división. Este será el signo que nos identifica y que se arraigará en la conciencia ciudadana. Producto de estas aseveraciones, resulta necesario que, “… en los signos cotidianos (se desenmascaren) las falsas evidencias, “lo que cae por su propio peso”, lo “verosímil”, los mitos; en una palabra, las ideologías que concurren siempre a un idéntico fin: deshistorizar la historia y universalizar lo contingente. (Giménez, 1976: 277)[2].
            Indicamos de igual manera, que la heroicidad, lo súperhumano, lo epopéyico y lo individual han sido la marca de fábrica del hecho independentista en la historia presentada a las nuevas generaciones, convirtiendo a este evento en una simple “… alegoría, mistificación social y código pequeño burgués…” (Ob. Cit: 277). Trasmutando a la historia y a sus personajes al submundo connotativo del mito, el cual, “es a la vez parásito y ladrón de significados: parásito porque se constituye a partir de un significado que le preexiste; ladrón de significados porque injerta sobre el significado de base un nuevo significado que lo distorsiona y lo deforma. (Ob. Cit: 277 - 278).

Crsitóbal Mendoza
Primer presidente de Venezuela

            Resaltamos por otra parte, que la construcción, desconstrucción y reconstrucción de discursos en torno al hecho histórico se ha conformado en una dinámica que perfila y configura el escenario político nacional en una sucesión de altisonantes pronunciamientos patrioteros en los que en las más de las veces se busca dejar de lado “…el aspecto histórico del sistema primero sobre el que se injerta; (y en este sentido) “el mito se constituye gracias a la pérdida de la calidad histórica de las cosas: éstas pierden en él la memoria de su fabricación (Ob. Cit: 1976: 278).
            Así las cosas, el discurso historiográfico venezolano en general y el relacionado a la independencia en particular es diseñado desde la perspectiva del mito tecnificado, es decir que, “…surge como producto “político”, busca un fin establecido y es creado intencionalmente, por un determinado sector. Generalmente este último se basa en imágenes deformadas e inclusive, el lenguaje en la mayoría de estos casos, es común tan sólo para un exclusivo grupo social. (González y Peña, 2003).[3] De esta manera, la escisión de las colonias americanas al imperio ibérico se constituyó en la pila bautismal de la clase gobernante venezolana. Todos, sin excepción buscan legitimar su poder desde la identificación con la causa patriota de la independencia y con el culto de los héroes de la misma.
            Podemos apreciar que los presidentes, desde José Antonio Páez hasta Hugo Chávez, han intentado cada uno de ellos, identificarse con la figura de Bolívar, todos por igual, han pretendido – de manera manifiesta - exhibir un profundo sentido bolivariano, hoy acudimos a la maximización de esta realidad. Baste con abrir la ventana para encontrarnos con la constitución de una república bolivariana, estados bolivarianos, alcaldías bolivarianas y pare usted de contar. El culto exacerbado a Bolívar, exhibido por los gobiernos de turno de ayer y hoy ha sido la mayor deformación a esa concepción fanática que se ha forjado sobre la independencia, situación que se agrava, si tomamos en cuenta que este discurso poco o nada se ha correspondido con las acciones y ejecutorías de las políticas esgrimidas por estos gobiernos que han tenido la labor de gerenciar al estado.
            Si dedicamos algunos minutos en realizar una sucinta revisión de las contradicciones y ambigüedades que se han edificado en torno a las implicaciones de la independencia, fácilmente se podrían apreciar los claros intereses que las soportan. Veamos:
            Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), la independencia es una cualidad o condición de independiente y hace una clara alusión a  la libertad de un estado que nos es tributario ni dependiente. Pero, el proceso emancipatorio nacional al no construirse desde un proyecto originario, quedó íntimamente supeditado a los vaivenes de un mercado capitalista internacional manejado por hilos en poder de las grandes potencias extranjeras.            En este sentido, se rompe con el gobierno español, más no con el imperialismo en sus más amplias y diversas expresiones. No se construye un modelo republicano que no parta desde las perspectivas europeas y bajo la tutela del gran “hermano mayor”, lo que fractura de igual manera la otra acepción que posee el DRAE sobre la independencia que refiere a la no admisión de intervención ajena. Intervención que va a estar latente en el caso venezolano durante toda nuestra historia republicana y que va a lucir obscena una vez aparecido el petróleo en nuestro país.
            Por otra parte, si nos remitimos a los hechos históricos desde los cuales se forjó la independencia venezolana se podrá apreciar que inicialmente fueron hombres de letra, de fe y de derecho los que tuvieron el papel protagónico en eventos como el 19 de abril de 1810 (Vicente Salias, José Cortés de Madariaga, Juan Germán Roscio, entre otros), en este sentido, la pluma fue primero que la espada, sin embargo, durante 146 años de historia republicana (hasta 1959) prevaleció la hegemonía del militar y de lo militar sobre la civilidad. Pero posterior al Pacto de Puntofijo e incluyendo a la “V República” el funcionamiento del estado prosigue bajo la tutela de la fuerza armada.
            Esta situación fue uno de los detonantes del caudillismo que marcó la historia de nuestro siglo XIX que tanta sangre derramada le costó al país, que sumió en la ruina a la economía nacional por largos períodos y que hasta hace poco lanzaba un halo de superioridad en organización y eficiencia al estamento militar en la percepción de la ciudadanía venezolana. El militarismo, en la concepción de muchos, refería al orden que amerita un país para su sano desarrollo, que en algunos casos era expresado en el llamado “gendarme necesario” con las consabidas consecuencias que nos vimos obligados a padecer como pueblo.
            Adicional a lo antes expuesto, se puede señalar que además de la invasión napoleónica a la península ibérica y la posterior usurpación del trono español por parte de los hermanos franceses, Napoleón y José Bonaparte (el popular pepe botella) después de la abdicación de Fernando VII y la de Carlos IV reyes de España, la causa fundamental que desencadenó las circunstancia que conducirían a la guerra de la independencia fue el desplazamiento político de los mantuanos por parte de los blancos peninsulares. En el estricto sentido de la palabra, el proyecto independentista, fue un proyecto político mantuano, engendrado en el seno de la burguesía territorial de la colonia que no tenía pretensiones de producir cambios significativos en la estructura económica y social.
            Sin embargo, el discurso dominante se ha encargado de dibujar una ilusión de génesis popular de esta importante acción política y militar. Las clases más desposeídas en las primeras etapas de cambio, poco le importaba que bando resultaba triunfante, si se comprendía que el resultado para ellos sería el mismo: la explotación. El punto de quiebre a mi parecer, se produce en Trujillo el 15 de junio de 1813 con la Proclama de Guerra a Muerte lanzada por Simón Bolívar. Donde necesariamente se inicia el establecimiento de las definiciones ante la amenaza de esta nueva situación. Pero a pesar de esta contundente realidad esa visión romántica prevalece y configura todo un imaginario, donde las clases sociales se asumen como baluartes de la lucha que entregan la conducción de sus destinos a los más preparados, más capaces, en resumen, a las oligarquías. Es el nuevo “contrato social” roussoniano que rige los destinos de la república y que se mantiene vigente hasta nuestros días.
            Puesto que no pretendo extenderme demasiado, quisiera señalar para concluir, que la herencia de la independencia ha servido para estructurar todo un intrincado andamiaje ideológico al servicio de los grupos de poder, y que éste se ha vertido de manera constante a las masas que los han consumido acríticamente generando percepciones erradas que contribuyen más a la divisiones a lo interno de la sociedad que a perfilar el ser cívico que se amerita en los actuales momentos.
            Igualmente es de señalar que el período de la independencia fue una ruptura histórica que puso en crisis al sistema colonial, que producto de las ejecutorías de los gobiernos que la sucedieron se han perdido valiosas oportunidades que puedan conducirnos a una honesta identidad nacional, en la que sin complejos podamos asumir nuestros errores y engrandecernos como patria.
            Por otro lado, se amerita que los actores educativos se aboquen a la profundización de los valores reales de la independencia y las implicaciones que esta acarrea. De la misma manera es necesario el desarrollo de estrategias que permiten echar las bases para el establecimiento de puentes que pongan en diálogo franco a las generaciones del pasado con las del presente. Dichas estrategias deben involucrar los más diversos métodos y técnicas disponibles para optimizar esa comunicación que a cuenta gotas se ha venido perdiendo y que ha fracturado nuestra identidad, porque hemos venido dejando de decirnos quiénes somos.
            Por último se invita a la desacralización de la independencia y de los hombres y mujeres que en ella participaron, porque tan sólo trayéndola hasta los límites modestos del hombre común, ese que día a día debe enfrentar el agreste entorno que lo sumerge en el anonimato podrá servirnos para comprendernos como sujetos de la historia, y apreciarnos, no como extraños ni mucho menos como incapaces, si no como actores que participan en la trama de este devenir que es nuestra historia. Enriquezcamos diariamente el debate sobre nuestras maneras de construir memoria, que no es otra cosa que la forma de rendirnos cuentas.
           
           





* Profesor en el Área de Historia en el NURR – ULA. Trujillo.
[1] Alexi Berrios Berrios en: América en las desgarraduras del tiempo.
[2] Gilberto Giménez, Literatura ideología y lenguaje. 
[3] Trabajo especial de grado: Los mitos y tradiciones como elementos reconstructivos de la historia regional. ULA. 
La enseñanza de la Historia Regional y Local desde las manifestaciones tradicionales[1].
Lcdo. Yherdyn Peña*

La historia desde el inicio de los tiempos ha sido utilizada como instrumento de dominación, legitimación y alienación con la cual ha sido favorecida la clase hegemónica. Aunque inicialmente, no se contaba con un elaborado andamiaje metodológico, lo mítico, las leyendas, el modelo teocrático… se constituyeron en herramientas iniciales para tal fin. De esta manera, la historia como instrumento del poder quedó circunscrita a impulsar el culto a la personalidad, la deificación de personajes, instituciones y eventos que justificaban la influencia de ciertos grupos dentro de la dinámica social. Sin embargo, y tal vez sin proponérselo también se constituyó en base substancial de la identidad e idiosincrasia de los pueblos, en los que se fue modelando todo un imaginario y un entramado cultural constitutivo de las bases valorativas de la sociedad.

De esta manera, se fueron estableciendo identidades locales, regionales y nacionales, estos es, los hombres y mujeres sintiéndose miembros constitutivos de un espacio particular. No obstante, los colectivos no se han hecho presentes al momento de narrar esa historia que se convierte en oficial, su historia ha sido más soterrada, casi clandestina, y su instrumento ha sido la oralidad. Como resultado, se ha constituido un sujeto profundamente desligado a su propio pasado.
Asimismo se puede apreciar, que en los últimos años, se asiste a una marcada arremetida por parte de la corriente globalizadora, la cual ha actuado vertiginosamente contra las identidades nacionales, y más aún contra las microidentidades o identidades locales. El proceso de estandarización de la cultura y de homogenización del sujeto ha devenido en una suerte de historias del momento en las que lo superficial e instantáneo pareciera ser las únicas categorías sociales que cobran trascendencia. De las evidencias anteriores, podemos señalar, que el enfoque historiográfico local, constituye en sí mismo un movimiento contracultural de la globalización y la implantación del pensamiento único. Se convierte en este sentido en una propuesta constitutiva del ser social particular, desde una mirada introspectiva hacia el seno primigenio de la sociedad: la comunidad.
En la perspectiva que aquí se adopta, y que a su vez constituye el decir de muchos pensadores, el hombre hace la historia, de hecho, adquiere una condición de animal histórico, por consiguiente, está en la capacidad, la necesidad y la obligación de hacer y registrar su propia historia; para poderse comprender más ampliamente. No seguirán por lo tanto, siendo un grupo minoritario, quienes van a describir y a “descubrir” la realidad histórica de los pueblos. Tampoco puede seguir siendo el destino de quienes conforman las distintas localidades, el tratar de conocer y comprender historias (o procesos históricos) totalmente ajenos (o por lo menos sin reconocer las implicaciones que sobre ellos tiene estos procesos) a la historia que se protagoniza en los espacios más próximos a éstos (los miembros de las comunidades). Por que:
La historia (local) es una historia hecha con la gente misma, permite que el protagonismo no se circunscriba sólo a la élite, sino que abarque también a la gente anónima, consigue que la historia pase por dentro hacia fuera de la comunidad. Ayuda a los menos privilegiados y sobre todo a los más viejos a recuperar su dignidad”. (Santibáñez, H. 2003. p. 1).     

            O como señala Arístides Medina Rubio:
La historia regional y la historia local, son siempre la historia de los hombres, que se realizan en las sociedades concretas, no importa cual sea su escala o magnitud. En esa sociedad los hombres establecen vínculos con los espacios donde desarrollan sus actividades, y esos vínculos son los que van a conformar las identidades de los hombres.

En atención a esto, se hace perentorio, el desarrollo de una didáctica integradora, que permita reconocer los procesos evolutivos de la humanidad, y que a la vez, especifique el comportamiento de nuestra nación y de nuestras localidades como un todo compuesto por más que la suma de sus partes, logrando de esta manera que el devenir histórico de los pueblos, resulte un fenómeno heterogéneo y una necesidad apremiante para el proceso de enseñanza - aprendizaje.
            Se plantea entonces, ir más allá de la arraigada tradición de la instrumentalización del profesor, que en conjunción con el texto, genera una práctica, donde tan sólo participan: el texto como compilador del conocimiento, el maestro, como decodificador del conocimiento y el alumno, como recipiente de ese conocimiento, tal como se nos presenta la realidad que encontramos a diario en la mayoría de nuestras aulas de clase, logrando por parte de los alumnos la mera repetición de fechas, nombres y acontecimientos, sin el más mínimo interés por analizar en su contexto local los factores idiosincrásicos que interactúan con esos eventos. Esto lo podemos ejemplificar en el siguiente esquema:





A pesar de esta realidad, es importante reseñar que de manera progresiva, en la búsqueda por romper con esta tradición, se ha pretendido incluir varias reformas al sistema cómo se viene impartiendo el conocimiento en las aulas de clase; y en este sentido, las actuales revoluciones tecnológicas han llevado al docente a un nuevo reto: introducir esta novedosa tecnología al hecho educativo desplazando de esta manera al libro de texto por la implementación de los últimos adelantos tecnológicos como herramienta principal en el proceso educativo. Gráficamente, esta realidad queda esbozada de la manera siguiente:



 

Se da pues con este modelo, que el libro de texto, y por lo tanto la lectura pasa a convertirse en un simple complemento del amplio desarrollo de la tecnología, y el docente sigue sometido al rol de mero instrumento de decodificación al servicio de dicha tecnología. Si bien es cierto, que se ha gestado una política de masificación de estos avances (la creación de los ciber – café, info – centros...), que ha permitido a niños y jóvenes contactar directamente esa tecnología a través de un proceso irreflexivo, el objetivo no ha variado: repetir lo aprendido. Y particularmente, la relación texto – alumno no se perturba en su continua desvinculación, ya que el texto permanece siendo el instrumento decodificado por el docente.
Al comparar estas evidencias, se aprecia que se amerita una nueva estrategia, donde la enseñanza de la historia debe partir del cuadro de valores que se ven reflejados tanto en los mitos, leyendas, costumbres y tradiciones reproducidos, desarrollados y promovidos por los habitantes de las diferentes comunidades, debe implicar de la misma manera una nueva caracterización del rol de la enseñanza. Por lo tanto le corresponde incorporar a quienes deseen trabajar con la historia desde esta perspectiva, a los diferentes actores y las diferentes acciones de la trama social que se conjugan en sus espacios naturales, y que deben estar presentes en el proceso educativo para llevar de generación en generación la herencia cultural que los identifica. Para aclarar tal exposición se presenta el siguiente esquema:


 


De esta manera exponemos que la historia a la vez que es construida en buena parte por los mitos y tradiciones a través de la narración oral, da pie igualmente para el surgimiento de nuevos mitos y tradiciones.
En consecuencia, planteamos que la participación de la comunidad en la reconstrucción (o construcción) de la historia, y simultáneamente como elemento que contribuye en la enseñanza de esa historia a las generaciones más jóvenes, es de vital importancia ya que todo este proceso implica el desarrollo de la narrativa oral, el intercambio entre los jóvenes y los adultos en una actividad dinámica, creativa y horizontal en la que se permitirá la investigación, la creación y los aportes para el desarrollo de nuevos procesos, esto sería una alternativa para el conocimiento y la comprensión del pasado próximo, ya que con esto “Los alumnos adquieren una perspectiva sobre el relato testimonial que les permite reconstruir aquello que más les interesa”. (Santiago, 1996: 45).
            Para tal efecto, la enseñanza de la historia se constituirá en  un proceso activo y compartido, entre los alumnos, el docente y los miembros de la comunidad, para la investigación y el intercambio, con lo que se busca favorecer “...la actividad de los alumnos, - ya que - les permite plantear una serie de preguntas...” así como también recrear un conjunto de acontecimientos de acuerdo a los intereses y motivaciones propias. (Santiago, 1996: 45).
            Así mismo, no se puede dejar de reconocer la historia en las viejas estructuras arquitectónicas y artísticas de la localidad de origen, el estudiante debe encontrar los vestigios de la historia en cada uno de los espacios de su convivencia, la tradicional enseñanza de la historia quedaría de esta manera desplazada significativamente por intentos para estudiar y enseñar con creatividad los procesos históricos de los pueblos. El estudio de la historia debe ser producto esencial del “...aprovechamiento del medio.” (Santiago, 1996: 59).
Como se puede inferir, la incorporación del estudio del mito y las tradiciones para la enseñanza de la historia, es una estrategia de un profundo valor, ya que no solamente se estará tomando con el mito, la capacidad creadora de los pueblos (o comunidades) si no que el mito en sí, revela “... los modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas de importancia... se refiere a todos los acontecimientos primordiales de los cuales el hombre ha llegado ser lo que es hoy...” (Santiago, 1996: 47). Con esto se busca desenvolver un proceso laborioso para el impulso de la investigación, que pueda extraer para el presente lo que del pasado se ha conservado. Incluyendo en esta intención una carga de valores y enseñanzas que de otra manera se perderán con el transcurrir de los años.
En consecuencia, la enseñanza de la historia juega un papel de estelar importancia, ya que, por medio de ésta, se conforma la conciencia cívica del individuo, y contribuye a fortalecer la conciencia histórica social, por ello, en los actuales momentos de convulsionadas (y convulsionantes) transformaciones, cuando interactúan un sinnúmero de elementos que contribuyen a conformar esa conciencia histórica, en la que la historia tradicional – universal y nacional - ha generado un divorcio con la historia regional, y además ha hecho pensar que las acciones cotidianas del individuo están totalmente desvinculados a la formación del sistema social, se hace necesaria una revisión en la manera de enseñar la historia (tanto en el qué y en el cómo enseñar). (Santibáñez,  2003: 4 – 5).
Se indica de la misma manera, que es necesario desplazar a la rigidez de la historia positivista que tan sólo le ha dado cabida a los acontecimientos militares y políticos con un estricto orden cronológico ascendente, quedando a un lado los aspectos económicos y en último lugar lo social y cultural, por una historia totalizadora de los procesos humanos y que involucre activamente a sus protagonistas. (Betancourt, 1995: 43). En este proceso, el aprendizaje de la historia debe incorporar en el alumno, lo nuevo con lo que ya sabe, y con aquello que creen con lo que son; es transformar la visión de la historia como ciencia de desarrollo exógeno al alumno, en la historia como instrumento para aclarar los cambiantes procesos del mundo que le rodea. Es por esto que se hace obligatorio ampliar el abanico de oportunidades al momento de escoger las estrategias a utilizar en el aula de clase cuando se vaya a impartir y compartir la historia. El indagar, preguntar, investigar, curiosear deben ser los verbos a utilizar en la enseñanza – aprendizaje de la historia  actualmente. (Betancourt, 1995: 45 – 46).
Igualmente, una seria práctica pedagógica comprometida con la participación de los diversos actores de la vida social, política, económica, militar y cultural de la región es lo que podrá generar una praxis pedagógica diferente en la historia en todos los niveles. La entrevista, la salida de campo, las visitas dirigidas, la comprensión y construcción de mapas, el ensayo (escritura), serán herramientas de primera mano en la enseñanza de la historia. Para el desarrollo de un proyecto de esta índole, partiremos del precepto de que la comunidad (sobre todo los adultos mayores) será un elemento activo en la construcción y comprensión de la historia local y en la difusión de valores por medio de las costumbres y tradiciones.
Atendiendo estas consideraciones, es bueno señalar, que el Proyecto de Aprendizaje (PA) aplicado en el aula, es un instrumento de planificación, que engloba los componentes del Currículo Básico Nacional para el desarrollo del proceso de enseñanza – aprendizaje, y se encuentra basado en las necesidades de la escuela y de los educandos, en busca de una educación integral e integradora. Pero es el docente, conjuntamente con la comunidad el que le puede dar vida para sus educandos.
A través del PA, los docentes gozan de la oportunidad de organizar y programar el proceso a lo largo del grado educativo. Deben partir de las orientaciones del Currículo Básico Nacional y las realidades concretas del grupo y del medio en el que se desarrollan. Si se quedan en lo exclusivamente plasmado en el currículo se seguirá en lo rutinario.
Debe igualmente ser concebido y desarrollado a partir de una opción integradora de los bloques de contenidos y que permita a los educandos interrelacionar dichos contenidos con los valores, conceptos y actitudes presentes en el desarrollo del proceso. Es una opción metodológica que intenta relacionar lo aprendido con la realidad y las más diversas manifestaciones de la experiencia.



Ante esta realidad, y ante estas necesidades perentorias, lo que resulta evidente es la necesidad de responder a la siguiente interrogante: ¿De qué manera se puede llevar a la práctica dentro de las diferentes localidades la ejecución de un proyecto partiendo de esta perspectiva? 
Los resultados de la investigación nos llevan a corroborar que en las localidades conformadas cultural y socialmente, sobrevive un bagaje cultural bien importante y que además, goza con numerosos cultores diseminados a lo largo y ancho de su geografía. De la misma manera cuenta con todo un andamiaje (arquitectónico, geofísico y organizativo) que permite describir la interesante evolución histórica de esas comunidades.    
Por estas razones, se considera en extremo factible y productivo el desarrollo de las diversas actividades dirigidas a concretar el cumplimiento de los objetivos que pueden surgir planteados dentro de un proyecto de esta amplitud. Las localidades reúnen los elementos suficientes para un amplio reconocimiento de la comunidad en la que se circunscribe la acción del niño, y por tal motivo el docente debe orientar las acciones hacia el cumplimiento de esta premisa.
            Para lograr los objetivos del proyecto debe ejecutarse una programación basada en una noción seria sobre la integración de la escuela con la comunidad, es por ello que la participación directa del adulto mayor, el docente y el alumno para reconocer  las características físicas – geográficas, culturales y sociales de su localidad es de vital importancia.
De esta manera podemos apreciar las condiciones climáticas particulares, su vegetación, el desarrollo de la producción agrícola y/o industrial, sus fuentes de agua que son de suma importancia para los habitantes; las instituciones (la prefectura, el cuartel, la iglesia, el mercado municipal, la cárcel nacional, el hospital, las escuelas, el tecnológico...) actividad comercial y de servicios (base del desarrollo económico de la localidad) donde de seguro hallaremos no solo una diversidad de paisajes geográficos si no que además encontraremos, modelos de organización y de desarrollo arquitectónico – estructural igualmente diversos.      
            Asimismo, la presencia de profusos mitos y leyendas, y las tradiciones que en torno de ellos giran suelen ser bastante numerosos, lo que nos ofrece los elementos suficientes para el reconocimiento de la sociedad en la que participa constantemente el niño y la manera cómo éste puede influir en  su entorno.
            Por último se propone, la ejecución de caminatas y / o excursiones en los espacios físicos que conforman la localidad que pueden llegar a ser bastante productivas, eso sí, siempre y cuando la actividad esté complementada con una participación activa no sólo del docente y el alumno, sino también debe involucrarse el vecino de la comunidad de manera activa y protagónica en la formación de las generaciones de relevo.  

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BETANCOURT, D. (1995).  Enseñanza de la historia a tres niveles. Magisterio. Colombia.
DONOSO, R. (1999).  Mito y educación. Buenos Aires. Barral Editores.
FUNDARTE. (1983). Folklore y currículo v.2. Caracas. Conac.
GARCÍA, I. (1993).  Diversidad cultural y construcción de identidades. Caracas. Tropikos.
MEDINA, A. (2007). Lecturas de historia regional y local. Caracas. El Perro y La Rana.
ONTIVEROS, T. (1995)  Historias de identidad urbana: composición y recomposición de identidades en los territorios populares urbanos. Caracas: Tropikos.
SANTIAGO, H. (1996).  Didáctica de la Historia. Bogotá. Magisterio.
SANTIBÁÑEZ, H. (2003).  La memoria de los barrios. Congreso Virtual 2000. www.antropología.com.ar.







[1] Presentado en la Población de Bailadores estado Mérida en el 1º encuentro de cronistas e historiadores de la región Andina. Auspiciado por el Centro Nacional de Historia.
* Docente de La Universidad de Los Andes. Núcleo Trujillo en Historia de América e Historia Regional y de Venezuela.
EL DILEMA DE CONSTRUIR MEMORIA*


Yherdyn Peña**
           
            Verdaderamente valdría la pena preguntarnos si recorremos aún el camino de nuestro devenir tomando como orientación las huellas de quienes nos precedieron. De la misma manera, sería significativo descubrir si aún en nosotros palpita esa vena que nos enlaza con la savia del pasado y que debería nutrir nuestro presente. ¿O es que acaso producto de la insensata decisión de renegar de ella se nos ha atrofiado y en la actualidad andamos en un barco a la deriva, convertidos en náufragos y aún no nos hemos dado por enterado? ¿Son acaso importantes esas cosas del ayer que hemos venido dejando de lado a la vera del camino para perfilarnos como trujillanos, como venezolanos y más ampliamente como latinoamericanos en un constante exilio? Pero se me antoja lanzar una interrogante con una mayor mala intención: ¿Cuántos se han cuestionado sobre esto y están dispuestos a responderse con sinceridad?

            Dichas interrogantes brotan de la empírica observación que recorre a diario mi panorama como docente y como padre de familia. Las mismas no las elaboro de manera capciosa, si no que tienen la intención y el deseo de contribuir a la búsqueda de respuestas que permitan a su vez la construcción de alternativas a una situación abordada de manera superflua o que simplemente pasan de manera solapada como irrelevante. Dicha situación no es otra que la DESMEMORIA. Es más que sorprendente que un decreto[1] que buscaba lanzar al fuego de la indignidad a un personaje de la trujillanidad y de la venezolanidad halla provocado reacción tan contraria a la prevista, el vuelco ha sido radical, ha generado un bloque de unidad para rechazar esas pretensiones y que en primera instancia su saldo positivo es que ha puesto a estudiar a un gran número de individuos sobre los personajes involucrados en este decreto, y por otro lado ha generado experiencias colectivas – como este seminario - en las que podemos reflexionar sobre la fragilidad de nuestra memoria y las amenazas que sobre ella se ciernen. 

Sancho Briceño

            Y es que resulta necesario señalar que en estos convulsos tiempos de la posmodernidad la inercia se ha convertido en la fuerza motora de nuestro devenir histórico – social. Lo inmediato e intrascendente marca la pauta de la convivencia y rigen los encuentros, los intercambios y los rangos valorativos de los individuos en sociedad. Deambulamos por las calles de nuestras ciudades saturados de marcas y estereotipos, el consumo y la satisfacción de necesidades creadas - o para estar en correspondencia con el lenguaje actual: necesidades virtuales desarrolladas en los laboratorios mediáticos, generan costumbres y actitudes que nos desnaturalizan, lo que nos arrastra de la misma manera hacia la imposibilidad de reconocernos a nosotros mismos como parte de un todo aún más complejo.

            Por esta razón el compromiso debe estar dirigido a acometer acciones que vallan dirigidas a dejar de lado las concepciones abstractas sobre identidad y memoria, para hacer de estas categorías una condición práctica y cotidiana del SER social, es una imperiosa necesidad ante la realidad descrita y que con el transcurrir del tiempo acentúa y profundiza nuestra minusvalía cultural. El sujeto histórico anónimo de la actualidad se ve inundado por las sombras del cortoplacismo: lo que no se logra ver en el día a través de los medios de información no existe en la conciencia de este ente profundamente mediatizado. Esta condición no le permite al sujeto, sentirse parte de su entorno puesto que dicho entorno es el ausente constante en estos medios. Así las cosas, la desmemoria se convierte en este caso en la única forma de memoria presente en nuestra convivencialidad, el olvido y la desaparición del sentido de pertenencia son claras expresiones de esta realidad.

Antonio Nicolás Briceño

            Pero cómo no desprendernos de nuestro sentido, necesidad y obligación de reconocer e identificarnos con los pilares de nuestra ciudadanía, que en lo particular considero es génesis indiscutible de nuestra nacionalidad, cuando la mayor parte de nuestro pasado histórico ha quedado silenciado, vetado, ignorado… por generaciones, trayendo como consecuencia esta suerte de marasmo histórico como signo de la trujillanidad.

            En este sentido, y tomando en consideración que hoy estamos navegando entre dos ilustres trujillanos separados tan sólo por el tiempo y por la mezquindad de algunos, hago extensiva la invitación para que a este par de “Briceños” se le incorpore un tercero: Don Sancho Briceño y con éste comencemos a develar los entrañables misterios de la colonia en la región trujillana porque también somos parte de esa tradición colonial, Trujillo se formó de la misma manera al pulso de trescientos años de período colonial, con esto muy probablemente voy a provocar que alguien me acuse de coquetear con la leyenda dorada y sea declarado como traidor a la patria, pero, por la Diosa IKAKE les aseguro que no es así. Déjenme explicar, en 1557, con la llegada del conquistador español se borraron de golpe y porrazo casi quince mil años de historia de ocupación del territorio trujillano por parte del pueblo indígena, así Timotíes y Cuicas desaparecen de nuestra conciencia histórica, luego, con la llegada de la independencia se esfuman en los anales de nuestra historia los trescientos años de la colonia, de tal forma, un período de quince años (entre 1810 – 1824)  concentra la mayor carga historiográfica de nuestra memoria. Pero de la misma manera, la sobresaturación del espectro informativo y de entretenimiento de hoy día provoca la banalización de nuestro pasado histórico, concibiendo con ello, expresiones de desprecio hacia nuestros orígenes, buscando más allá de nuestras fronteras los elementos para construir un YO colectivo que responde a la estandarización del mercado y de esta manera podemos apreciar como proliferan las comunidades Mc Donald y Coca Cola antes que las sociedades bolivarianas y los círculos de estudios, también encaramos día a día la realidad de comunidades cada vez más desarticuladas, constituidas por individuos absortos en sí mismos, así, la esencia propia de la comunidad que nos es otra que la unidad de lo común se desvanece ante la imperturbable mirada de todos nosotros.
           
            Por esta razón, el dilema de construir memoria nos atrapa en la inexperiencia puesto que la práctica ejecutada a lo largo del tiempo ha estado constituida por el encubrimiento, la deformación y la mentira en procura de prevalecer a pequeños grupos, situación que ha provocado terribles males en nuestra sociedad. En este sentido, debemos tener claro que la memoria no debe ser una simple evocación cargada de añoranza por el pasado, muy al contrario debe ser práctica cotidiana que fortalezca al individuo como miembro de un colectivo, es decir, la memoria debe construir identidad. Eso si, incorporando una visión amplia y sin complejos de nuestro pasado, desarrollando mecanismos integradores que permitan el encuentro de los valores fundacionales del ser social en medio de una sociedad globalizada que presenta retos impostergables a cada uno de nosotros como individuos pero más aún como localidades particulares que poseen un ritmo propio en el concierto de la historia.
            El reto de consolidar la memoria está en la posibilidad de encontrarnos y acordar en torno a qué debemos hacer, hacia dónde deben ir dirigidos nuestros esfuerzos, la construcción y consolidación de la memoria es una labor titánica y no debe ser atribuida a un solo sector, esta debe ser esfuerzo de todos y todas, desde los más diversos ámbitos del quehacer regional y debe servir de argumento para permitirnos entrar en contacto con aquellos elementos del pasado que aún hoy día poseen una voz dispuesta para aquel que preste sus oídos al discurso emanado.
           
            La historia, la ciudad, las costumbres y tradiciones, los mitos y leyendas, el imaginario colectivo, los ancianos, los hombres y mujeres, los niños y niñas… son artífices de la memoria colectiva, y asimismo son estos los elementos a ser considerados en la formación de una identidad amparada en una presencia del SER y el HACER del Trujillano. Esto debe motivarnos para que nos transformemos en libros vivientes que hablen de una memoria que sea capaz de generar memoria que no permita que muera nuestra conciencia histórica.

           
              
           




* Jueves 22 de octubre de 2009. Foro: “De Antonio Nicolás Briceño a Mario Briceño Iragorry.” Publicado en la Revista Cifra Nueva Nº 20.
** Docente de Historia de América e Historia Regional y de Venezuela. ULA – NURR / LBCM
[1] 277 del ejecutivo regional de fecha 31 de julio de 2009.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Chávez, siempre Chávez
Yherdyn Peña

            Para Venezuela, julio es un mes de partos gloriosos. El 05 de julio de 1811 nace la primera constitución no sólo de Venezuela si no de toda la América Hispana. De igual manera, es el 24 de julio de 1783 cuando ve sus primeras luces el hombre más grande de la América toda: el Libertador Simón Bolívar; y en esa tradición de majestuosidad, el 28 de julio de 1954 se produce un nuevo nacimiento en Sabaneta de Barinas, el Comandante Eterno Hugo Chávez Frías. De este último acontecimiento, emergió un personaje que marcó de manera imborrable los albores de este tercer milenio y su estela fulgurante se proyecta como faro a las generaciones por venir.
            El futuro comandante Chávez, tendrá su origen en humilde cuna y por ende, es que desde muy temprana edad pudo mirar y sentir la pobreza que azotaba a la mayoría de ese pueblo que posaba sus pies sobre el más grande mar de petróleo, pero que siempre fueron excluidos de una renta que se quedaba apresada en un reducido grupo que desde siempre ostentaron el poder y que sólo supieron reprimir con toda la intensidad a esos desposeídos que reclamaban las más elementales reivindicaciones.

Hugo Chávez, transita su infancia cubierto por el amor y la tutela de su abuela Rosa Inés, y en esos primeros años de arañero en su pueblo natal, vendiendo dulces que sirven para ahogar la amargura de una nueva decepción del pueblo venezolano: se pasó de una dictadura militar a la farsa democrática. El espíritu del 23 de enero había sido traicionado y las cúpulas de los partidos habían pactado para dejar de lado al pueblo. Vivir en la Venezuela adentro, lo puso desde muy temprano en conexión con la verdad que padecía el venezolano en su día a día.
Siendo aún un carajito, con sueños de hacerse pelotero profesional el arañero de Barinas encara su destino y llega a la Academia Militar de Venezuela, en donde además de hacerse soldado de la patria, se hacer revolucionario y profundamente bolivariano. Iniciaba apenas la década del setenta y la democracia puntofijista seguía con sus persecuciones, desapariciones y asesinatos selectivos a dirigentes políticos, obreros, estudiantes, intelectuales… todo aquel que disintiera de ese sistema político implementado por adecos y copeyanos.
            Su formación militar se complementa con las innumerables lecturas que nutren de un amplio bagaje histórico y cultural su intelecto. Alejado de su amado llano, deja atrás esa pobreza rural que tan bien había reconocido en su Sabaneta natal, y ahora entraba en contacto con la marginalidad urbana que había caracterizado el modelo social engendrado de la implantación del modelo económico rentista y petrolero, que obligaba a los campesinos desplazados a agolparse en los espacios periféricos de las grandes ciudades, especialmente Caracas; donde no contaban con los servicios mínimos y ni siquiera con la dignidad que todo ser humano se merece.
            En 1975 (07 de julio), adquiere el grado de subteniente, iniciando a su vez, un periplo interminable por todo el territorio nacional; lo que le permitió ahondar en su conocimiento de la patria, tanto en el aspecto físico, como en lo social y lo cultural. Identificándose siempre con la causa de los más desposeídos. Reconoce e identifica debilidades y potencialidades de esta rica nación. Analiza causas y consecuencias del sistema bipartidista que se había entronizado en Venezuela… perfila de esta manera un nuevo proyecto político, parecido a Venezuela y a los venezolanos.
            En procura de estructurar este proyecto, en el bicentenario del natalicio del Libertador (1983), junto a sus compañeros de armas, crea el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR – 200). Se congregan en torno a él, militares de un profundo corte nacionalista, construyen todo un entramado filosófico que aporta la savia de este movimiento revolucionario el cual resume de manera magistral en el árbol de las tres raíces (Bolívar, Rodríguez y Zamora)… se plantea la necesidad de la refundación de la república.
            La figura de Chávez no pasa desapercibida para quienes se ven amenazados por su proyecto, por su personalidad y su ascendencia en los compañeros de armas. Es movilizado, lo intentan aislar, es vigilado, pero el siempre evadiendo la vigilancia, procura el encuentro con diferentes fuerzas revolucionarias diseminadas por el país.
            El 27 de febrero de 1989 es un punto de inflexión, el pueblo en una expresión de revuelta constituyente, se levanta contra el paquete neoliberal, contra la corrupción, contra el acaparamiento y la especulación. Se levanta contra un sistema agotado que no sabe dar respuesta, se levanta contra el nepotismo y en contra de la intervención del Fondo Monetario Internacional. El poder cegado por el temor de un pueblo en la calle, responde con la violencia, el Comandante Supremo observa, como la fuerza armada es usada como verdugo de ese pueblo… e intensifica su accionar.
            En el año de 1992 (el 04 de febrero) se produce el alzamiento de la dignidad nacional. Fue el día en que realmente se rompió con un ciclo de silencios, de complicidades y desintereses. Fue el momento de un por ahora que se convirtió en un para siempre. La revolución y la esperanza toda de un pueblo adquiría rostro de paracaidista y boina roja. Ese rostro y esa boina de inmediato se hicieron en el símbolo de la dignidad y de la resistencia del pueblo. Quienes lo apresaron lo pensaron derrotado, no comprendieron (tal vez nunca lo harán) que ese hombre de boina roja se había sembrado en el corazón del pueblo… se hizo millones, se convirtió en fuerza indetenible.
            Cuando en 1994 sale de la cárcel esa avalancha popular del 92 se había hecho tsunami, recorrió (una vez más), caseríos, pueblos y ciudades. Donde pisa el barinés, allí florece el pueblo, brota la alegría, se desborda la ilusión. El camino a Miraflores, se construye cuadra por cuadra; hombres, mujeres y niños allanan las dificultades que debe sortear. La canalla de la derecha no acepta que este arañero del llano adentro se convirtiera en presidente. Conspira, amenaza, siembra el terror y la muerte; pero el pueblo sigue siempre al lado del comandante invicto. Refunda la república, los sueños lentamente se van haciendo realidad. Los pensamientos se convierten en obras.
            En el 2002, es secuestrado y el pueblo y la fuerza armada lo rescata… le dan una lección a la derecha que se resiste a aprender. El fascismo internacional se niega a reconocer que su proyecto fracasó frente a la propuesta de hermandad internacional que encarna el comandante Chávez. La Revolución Bolivariana se hace internacional, Venezuela es su epicentro, rompe las cadenas y empodera al pueblo.
            Su obra es en extremo dilatada, su partida física (tan prematura) este 05 de marzo, nos llenó a todos de un profundo dolor, pero este pueblo que se hizo aún más grande con el ejemplo de Chávez, sabe echarse ese dolor a cuesta y sacar las fuerzas para seguir profundizando esta revolución bolivariana y ahora más que nunca CHAVISTA. Que no se equivoque la derecha fascista, Chávez no está ausente carajo. Está en cada uno de los hombres y mujeres que dan su vida por la revolución y que saben que nuestro líder es Chávez, siempre Chávez