viernes, 31 de enero de 2014

LA INTEGRACIÓN NUESTRAMERICANA COMO NECESIDAD IMPOSTERGABLE EN LA EDUCACIÓN DEL SIGLO XXI[1]
(Parte I: Espacio y tiempo. La Abya Yala)

Yherdyn Peña[2]

            Comprenderse, y más aún, aceptarse tal cual se es; parte de la condición de saberse consustanciado con un pasado que nos identifica como pueblo milenario. Comprender en toda su complejidad la consuetudinaria condición de colonizados que han pretendido imponernos desde los múltiples medios y desde las diferentes estructuras de dominación aquellos que se han erigido como cuna de la cultura y la civilización.
            Generar una identidad honesta, se constituye hoy por hoy en un compromiso ineludible en los que los actores políticos, sociales, culturales, y por supuesto, educativos deben asumir sin más demora. Pero para ello, se necesita a su vez, observar y evaluar de manera crítica las llamadas superestructuras sociales sobre las cuales se cimientan nuestra conciencia ciudadana. Y en este sentido poder entender el cuadro ético y moral al cual nos hallamos circunscritos.
            Por esta razón,, en la jornada de hoy, he venido a compartir con ustedes algunas consideraciones que sobre el devenir político educativo de lo que hoy se da por llamar América Latina se han gestado a lo largo de su complejo proceso de formación y consolidación. Partiendo por supuesto, de la experiencia evidenciada en el contexto educativo venezolano.
            Consideraciones que de por sí, constituyen parte de un proyecto más amplio que se encuentra en desarrollo, y por ello, quiero acudir a vuestra venia y a la de los organizadores para dividir en dos partes esta exposición para que una de ellas, apoyado en el recurso audiovisual lo pueda ilustrar de mejor manera y retomar a una reposada lectura para el debate.  
            De igual manera, deseo aclarar que la primera intención es encarar lo pertinente que resulta entender la relevancia del conocimiento del espacio geográfico ya sea como mecanismo de dominación, o por el contrario, como instrumento liberador. De esa internalización puede gestarse en el ámbito educativo un accionar más crítico y comprometido con el verdadero ejercicio de la Soberanía del Pensamiento.
            A este respecto, se desea destacar que, desde la construcción de una espacialidad no sólo periférica si no que además, profundamente minusválida y subordinada se han venido formando por generaciones los hombres y mujeres de Nuestra América y desde ella, se prefigura a su vez la intencionalidad de una conciencia sumisa.
           
Somos un subcontinente[3] de unos 21 millones de kilómetros cuadrados y de más de seiscientos millones de personas, a pesar de ello, el trato que se dispensa a la región (por propios y extraños) no se corresponde con esta condición. Es preeminente aún, y sobretodo, en los textos escolares, la condición de colonizados que arrastramos por más de 500 años. Existe toda una carga sígnica modeladora de una conducta alienada que nos presenta como minusválidos frente a quien ostenta el poder hegemonizante. Y es así, que desde la cartografía hasta las iconografías usadas en la mayoría de los textos escolares van dirigidos a potenciar tal alienación.
            Y a pesar de que se han venido gestando importantes esfuerzos, para generar una visón más realista de nuestro plantea, dichas iniciativas han quedado completamente aisladas, y no han tenido la cabida en los planes, programas y proyectos de nuestros sistemas educativos. De esta manera, desde la visión de los pueblos originarios de Nuestra América, pasando por el mestizaje, hasta la percepción de nuestros modelos políticos y de organización, han sido profundamente desplazados y distorsionados.

Es por ello, que de manera recurrente se señala, la necesidad de estructurar herramientas y estrategias, conducentes a la descolonización del pensamiento y de la forma misma en la que nos miramos. Urge que comencemos a mirarnos desde nuestro propio espacio, y más aún con nuestro propio mirar[4].


A partir de esta primera realidad, que es a su vez, una simple consecuencia del conjunto de elementos que se dibujan desde las pinceladas del otro elemento por el cual he venido hasta aquí el día de hoy: Nuestra Historia. Cómo romper esa tradición discursiva, generadora de desigualdad y negadora de la diversidad es otra de las tareas que desde el ámbito escolar tiene que gestarse para lograr un nuevo sujeto formado a partir de nuevos referentes ciudadanos y republicanos.
            Bien refería el Libertador Simón Bolívar que, “Nos han dominado más por la ignorancia que por la fuerza”. Y esta afirmación se afianza además por la aseveración popular de que; “las cosas por sabidas se callan, y que por calladas, se olvidan”. Y por esta razón, es que gran parte de nuestra memoria está consagrada –aunque parezca contradictorio- al olvido.

            El reconocimiento de la Abya Yala como primer paso.
Previo a la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, este espacio estaba habitado por un conjunto de sociedades poseedoras de una diversidad de condiciones culturales y sociales. Los indígenas Kunas llamaban a esta tierra como Abya Yala cuyo significado, es tierra de vida, madre tierra. Esta manera de nominar al espacio sobre el que se hace vida, implica a su vez, una concepción de vida particular, que para ese entonces, el europeo desconocía por completo.  
A este respecto, podemos señalar que, la globalidad como realidad fáctica se produce en 1492, antes de allí no se puede hablar de tal cosa. Sólo después de ese doce de octubre es que el ser humano se encuentra con el “otro”, se establece a su vez, una relación que engendra un rompimiento con la mismicidad que había imperado en ese intrincado cultural que había sido Europa hasta finales del Medioevo. La llegada del viejo mundo al nuevo va a producir una ruptura creadora en la historia de la humanidad que no contó con la asimilación de ninguno de los asaltados en la aventura colonial, y en este sentido, se debe destacar la afectación en ambas orillas del atlántico, se descubre una diversidad sorprendente que de inmediato se pretende extinguir por el temor a lo desconocido. Con América se cierra el círculo de la imaginación y se consolida el de la supuesta certeza.
            De esta manera, se puede asegurar que la globalización es el más depurado producto de la modernidad, puesto que por obra de ese encuentro, de esa convivencia y de la cotidianidad que de ella se genera, se depura la concepción de la unicidad restringida y acorralada, perseguida e intolerada; todo en procura de la reducción del ser a lo novum*. Pero que desde el discurso del europeo, irónicamente lo nuevo es lo que trae el viejo continente; mientras que, lo originario americano queda supeditado como salvaje, y por supuesto incompatible con lo nuevo. Lo europeo en esta semántica no sólo representa lo nuevo, si no, que implica a su vez, el progreso, el desarrollo, la cultura y lo culto, el avance. Lo otro, lo contrario, y por opuesto, su sentencia es desaparecer irremediablemente.
            El asalto cultural que se desencadena el doce de octubre, tendrá una repercusión tal, que transformará los estilos convivenciales en ambas costas de ese mar ignotum (el atlántico) y más allá. América se convertirá en el laboratorio cultural más amplio y más productivo que jamás haya concebido la humanidad. Esa condición de alteridad expondrá sus efectos tanto para quienes fungen de conquistadores como hacia aquellos que padecen tal conquista.
            La Abya Yala pierde su identidad primera. Sus lenguas, sus dioses, sus costumbres, sus hombres y mujeres o son exterminados o simplemente proscritos en su propio espacio. Destierro, que también asume de manera “voluntaria” el europeo, que en busca de fortuna se abalanza sobre las nuevas tierras. Esta espacialidad y todo cuanto en ella cohabita es bautizada bajo el símbolo de la cruz y expía sus culpas en el fuego demoledor de la pólvora. En este sacramento, adquiere no sólo nuevo nombre, es declarada por el otro como un espacio vacío. Y esta vacuidad por ende, debe ser cubierta con lo conocido, con lo sabido, con lo aceptado… por el otro.
            En este sentido, la construcción de los discursos por parte del europeo va dirigida a justificar la ocupación y resemantización del territorio americano. Para comprender tal situación. Basta tan solo con observar el bautismo que el propio Cristóbal Colón a través de una intrincada construcción discursiva le otorga a este territorio y a sus gentes:
Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestra Alteza para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos en esta Isla.» Todas son palabras del Almirante.[5]

“…para que aprendan a hablar” porque aquellos extraños gruñidos no pueden ser concebidos por el europeo de ese entonces como posibilidad de lengua alguna, de la misma manera, señala que le “…pareció que ninguna secta tenían” porque su cosmogonía y su cosmovisión tampoco pueden ser consideradas como tales ya que sólo existe para ese entonces la posibilidad para el cristianismo católico, apostólico y romano.
Todos nuestros textos de historia inician con el grito de tierra, tierra, tierra. Ni uno solo de ellos desde una perspectiva del continuo humano. Es por ello, que el discurso educativo ha servido de base de sustentación al desconocimiento de lo americano originario y al no reconocimiento de su historia como parte de un continuo humano se sumerge en los confines del tiempo… hace miles de años con las primeras migraciones malayo-polinesias o mongoles-siberianas.
Es por ello, que si se desea seriamente emprender una acción educativa consustanciada con los nuevos tiempos, se debe romper con la tradición historiográfica de que el 12 de octubre sea concebido como cero histórico de nuestro continente y por ende, génesis de nuestro devenir cultural, matriz de la semántica que configuran nuestros referentes.
En la II Cumbre Continental de Pueblos y nacionalidades indígenas de Abya Yala llevada a efecto en la ciudad de Quito, capital de Ecuador en julio de 2004; los allí congregados declaran entre otras cosas lo siguiente:
“Somos pueblos originarios de Abya Yala. Los valles y las pampas, las selvas y desiertos, los cerros y los nevados, los mares y los ríos, el águila y el cóndor, el quetzal y el colibrí, el puma y el jaguar han sido testigos de nuestros sistemas sociopolíticos colectivos basados en la sustentabilidad humana y ambiental (…) Fuimos despojados de nuestros territorios originarios por los colonizadores y empujados a lugares inhóspitos (…)[6].
Generalmente cuando se estudian las poblaciones indígenas (sobre todo en Venezuela) se suele señalar que las mismas se encuentran en áreas de difícil acceso, y dicha realidad es concebida como condición natural de estos pueblos y no como consecuencia del proceso colonizador. De igual forma, a pesar de que algunas de los marcos jurídicos vigentes en nuestros países hablan de lo pluricultural, la multiculturalidad y otros términos afines, poco o nada se observa en la práctica educativa en las diferentes aulas de clases.
Reconocer la Abya Yala implica por ende, reconocer a su vez todo un modelo societario que aún persiste con un entramado cultural, idiosincrático, cosmogónico y de respeto a la naturaleza que dista mucho de nuestra manera de actuar y pensar. Es comprendernos desde la diversidad. Es estudiarnos sin rupturas ni saltos históricos. Es rechazar la homogeneidad.
Por último, no queda otra, que invitarlos a la hermosa labor de explorar ese primer capítulo de nuestra historia. Capítulo, que tal y como ha sido concebido hasta ahora, posee demasiadas distorsiones y que tantas cargas de culpas y complejos nos ha acarreado.



[1] Ponencia presentada en la Universidad Simón Rodríguez, Núcleo Valera. 20 de mayo de 2013
[2] Profesor de Historia del NURR - ULA
[3] La proyección Mercator, usada en los textos de historia y geografía se evidencia con profundas distorsiones, haciendo ver al norte de mayor tamaño que el Sur. Y además, se percibe a Europa como el centro del planeta.
[4] Buen ejemplo de ello, es la propuesta del sistema de proyección planteado por  Arno Peters en el que se exhibe un disposición más exacta y honesta a la vez de los diferentes países del planeta. Sin embargo, la misma aún no ha sido tomada en consideración para su estudio en nuestras aulas de clase.
* Afirmación presentada por Compagnon en su texto: Las cinco paradojas de la modernidad (1993) partiendo de Vattimo.
[5] Fuente: Colón, Cristóbal. Diario de a bordo. En “Crónicas de América”. Tomo 9. Edición de Luis Arranz. Madrid: Historia 16, 1985.

[6] Tomado de: Barreto (2009). Los textos de historia y el culto al colonialismo. El perro y la rana. Caracas, Venezuela.

viernes, 13 de diciembre de 2013

REMEMORANDO A CHIMIRO[1]

Yherdyn J Peña

            Mi encuentro con el  barrio El Paramito se lleva a cabo un mes de enero del año 85. Era un chamito venido de una comunidad rural, que había cursado sus primeros grados de estudio debajo de una mata de mango en el solar de una casa vecina. El impacto fue inmediato: entre otras cosas el cambio de las formas a las cuales estaba habituado. La escuela y la cancha fueron de las primeras cosas que atrajeron mi atención. Para ser honesto; no tenía idea de lo que era ni para que servía esta cancha. Y lo de la escuela: se deben de imaginar el impacto, de una mata de mango a una edificación que contaba con tres pisos. Esa especie de mata de mango no la había conocido.
            El cementerio tan próximo y tan inmenso será otro referente importante en esa memoria que insisto en traer hoy y compartir con ustedes. Pero entre todas las cosas nuevas que aprendí a descubrir y apreciar la más importante de ellas emergió de un espacio reducido y humilde. Uno de esos primeros domingos de ese año 85 unos señores se aproximaron al cuartico de esta cancha y montaron unos aparatos, y empezó a sonar la música de un solo pueblo, de carota, ñema y tajá… de Alí Primera.
            También se oía la voz del “señor chipi” invitando a la comunidad a una actividad. Y al poco tiempo; comenzó a aparecer la gente… mujeres, hombres, jóvenes y ancianos; pero sobre todo, niños. Aquello parecía mágico, era algo verdaderamente encantador. Regocijante, ver aquella muchachada corriendo y anhelante en esta cancha de tantos recuerdos.
            Esa misma tarde conocí el teatro. Una pasión que aún atesoro profundamente y que por obligaciones la he tenido que posponer tantas veces. Vi las danzas, los títeres, los juegos recreativos… descubrí que habían dos chipis y que el señor que hablaba en las mañanas en la radio formaba parte de esa maravilla. También vi como los muchachos de la bodega de enfrente también estaban allí.
            Recuerdo a Ramón David vestido de policía… me reí porque pensé que si salían corriendo no iba a poder atrapar a nadie. El amor de mi madre y esa magia con la que descubrí a Chimiro, tal vez sean de los recuerdos más valiosos que tengo de mi infancia. Crecí admirando y amando esta iniciativa. Desde entonces fue un sueño ser parte de esa realidad. Sueño que se cumple cuando tenía quince años. Colaborando por cierto en las actividades del XVI aniversario que después de mucho compartir con Alba, Betti Suárez, Irma, Kati, Araceli, El Peluche… me propusieron que formara parte de esto. Que felicidad fue aquello.
            Es cierto que el Chimiro ha tenido sus altibajos, pero siempre ha sido referente para varias generaciones de hombres y mujeres, de niños y niñas nacidos y crecidos en esta hermosísima comunidad. El Chimiro ha sido y espero que siga siendo una escuela de valores. Donde se han formado amistades inquebrantables. Este encontrarnos de nuevo aquí no es sólo la celebración de un aniversario más. Debe ser un compromiso de quienes hemos sido parte de la maravillosa familia Chimiro; y no hablo sólo de quienes hemos sido sus integrantes, o los cientos de niños y niñas que fueron parte de los grupos de danza y teatro, de multihogares y de otros tantos programas que se impulsaron desde aquí.
            Me refiero a todos y todas aquellas que nos han acompañado en las quema de Judas, en los pesebre vivientes, en la buscas de niño, en la elaboración de sancochos, en labores “extracurriculares” en el pintado y mantenimiento de la cancha “Alcides Segovia”, en la lectura del Periodiquito, en los campeonatos deportivos… infinidad de actividades que en 37 años se han ejecutado.
            El Chimiro es un patrimonio no solo del Barrio el Paramito… es sin lugar a dudas un patrimonio de la ciudad de Trujillo. Esforcémonos todos para que las generaciones por venir tengan el faro de luz que permitió que mucho de nosotros siguiéramos adelante. Entreguémosle a los chamos de hoy la oportunidad de un referente distinto a la violencia y al desinterés. Por ellos y por nosotros digamos y repitamos que VIVA EL CHIMIRO Y QUE VIVA EL PARAMITO.

MUCHAS GRACIAS 




[1] Discurso en el XXXVII aniversario del Grupo cultural y deportivo “Chimiro” en la cancha del Paramito, el 20 de abril de 2013.

jueves, 14 de noviembre de 2013

ESCUELA – COMUNIDAD: EL PRODUCTO DE UN DESENCUENTRO
Yherdyn Peña

            Las comunidades primitivas en su conjunto poseían vínculos íntimamente estrechos entre los miembros que la integraban, en primera instancia por la propia simplicidad de su existencia, por tal razón, producto de tal condición y ante el reto de sobrevivir como especie y como grupo humano particular; desarrollaron sistemas de producción colectivos que permitían generar los recursos necesarios para su subsistencia sin originar relaciones de explotación de unos sobre los otros. Por ello, estas comunidades primitivas llevaron a efecto un sistema de educación en el que los niños de ese colectivo, eran educados por el colectivo mismo, la educación en este sentido era responsabilidad de todos los que integraban la comunidad. De esta manera, valores, costumbres, tradiciones, formas y métodos de producción eran traspasados de generación en generación de manera colectiva.
            Al establecerse nuevos niveles de desarrollo, surgieron ciertas innovaciones que afectaron la realidad educativa que había prevalecido en esos primeros tiempos, de esta manera, surgieron en primera instancia la propiedad privada, con lo que se estableció de igual manera la explotación del hombre por el hombre y por último la creación y consolidación del estado. A este momento de la historia los colectivos dejaron la responsabilidad de educar a las nuevas generaciones y establecieron un “contrato social” para que las autoridades del nuevo estado formen al hombre que dicho estado amerita, por este motivo, el individuo se convierte de manera paulatina en un producto en serie que engranará en el sistema productivo imperante.
            La crisis de valores que atravesamos en la actualidad es producto de la realidad antes descrita y que marca pauta en nuestra sociedad moderna (algunos dirán que posmoderna), la desarticulación familiar, la ausencia de figuras de autoridad, cánones éticos - morales incomprensibles, situaciones éstas que degeneran en un clima de violencia social generalizado (que no se reduce tan sólo a la violencia expresada en actos delictivos) que afecta a todos los individuos por igual. El imperio del darwinismo social como medida del éxito, no nos permite asumir dicha realidad como un problema de índole colectivo y mucho menos generar soluciones consensuadas. Es interesante pensar que la iniciativa de consolidar el poder de tomar decisiones para solucionar los problemas por parte de los consejos comunales podría transformar esta realidad. Pero al observar las ejecutorías de los mismos, dejan mucho que desear; la mayoría de sus acciones van dirigidas al desarrollo de infraestructuras y ni un ápice de preocupación demuestran por la crisis que atraviesa nuestro sistema educativo, nuestros niños y adolescentes y por ende nuestra sociedad.

            Ese divorcio de la comunidad con la realidad escolar, debe desaparecer, basta con asumir a las instituciones educativas como meros depósitos de muchachos, en las que los padres y/o representantes nada tienen que ver y mucho menos que aportar. Resulta indispensable el desarrollo de estrategias que le permitan a la comunidad incorporarse en primera instancia a la selección de los docentes, así como a la construcción de currículos con pertinencia en lo regional y lo local. La propuesta radica en revertir esa postura del ciudadano autoexcluido del hecho educativo por uno integrado y con una participación verdaderamente protagónica, dejando de lado la nociva tarea de estar buscando responsables del malestar que atraviesa nuestra sociedad sin asumir la responsabilidad propia. Es dejar de lado aquella postura de que si los niños son “buenos” es porque tienen buenos padres, pero si al contrario muestran malas conductas es debido a que posee malos profesores. Apostemos por el éxito pero participemos todos en el logro del mismo.
Las Venas Abierta de América Latina
(Una lectura para la Educación Media)
 Yherdyn Peña


            Introducirse en la lectura detallada de las páginas de este ensayo hilvanado de manera magistral por el escritor uruguayo Eduardo Galeano, es recorrer de manera inmediata y obligada un pasado que nos atrapa y que de manera permanente se nos presenta en la actualidad y nos marca de maneras muy variadas a cada uno de los que vivimos en estas latitudes y en este pedazo de tierra que actualmente llamamos América.
            Las venas abiertas de América Latina nos pone en contacto no sólo con nuestro pasado inmediato, si no que muy al contrario nos remonta en el tiempo al momento en que apenas se estaba consolidando la unidad de la llamada “madre patria” España, reconocer su pasado e identificar a los actores que intervinieron y los procesos que se vivieron para que España fuera lo que fue al momento de que los primeros exploradores encabezados por el navegante genovés Cristóbal Colón llegaran a las costas de lo que más tarde se llamaría América e influyeran de la manera en que influyeron sobre nuestro devenir histórico.
            Lo primero que destaca el autor es lo referido a que el continente americano nació desde el desconocimiento del otro que lo abordaba, es así que América en esos últimos años del siglo XV e inicios del XVI fue nominada como la India, puesto que Colón había pensado que había llegado a estas tierras del lejano oriente. El almirante murió con la idea de que había llegado a tal lugar, y por ello bautizó también a sus pobladores como indios. De esta manera podemos hacer mención que la historia de nuestro continente se inicia negando – o al menos desconociendo – lo que verdaderamente eran los primeros pobladores del llamado Nuevo Mundo.


            De igual manera, en este texto, el autor nos menciona esa realidad híbrida que ya poseía el conquistador español al momento en que pretende apropiarse de las nuevas tierras halladas al otro extremo del mar desconocido, él también había sido conquistado, ocupado y por supuesto, culturalmente influenciado. Las continuas ocupaciones del territorio ibérico por parte de los celtas, romanos y más tarde los musulmanes harían de España un territorio de profundas contradicciones que serán trasladadas a América una vez que sus habitantes se aventuren a la conquista y colonización de este territorio.
            También es de destacar, que el autor de igual manera reconoce la presencia de los llamados vikingos en este lado del mundo y a su vez deja entrever la importancia que tiene la elaboración de un registro, en pocas palabras destaca la importancia de lo escrito y por ende de la palabra. Tanto es así que denota que Cristóbal Colón lleva entre sus vericuetos de viaje uno de los más importantes textos de finales de la edad media e inicios del renacimiento como fue el libro de los maravillosos viajes de Marco Polo, al que utilizará como referente en su viaje. De esta manera Colón pretenderá encontrar las áreas descritas por Marco Polo en Tierras Americanas, es por ello, que pretende entre otras cosas ubicar la Isla de Cipango, a la que se describía de manera muy detallada en el texto de Marco Polo.
            Pero esta pretensión por parte del explorador genovés no se produce por la inocencia que en ocasiones se le pretende otorgar a Colón, si no que de esta manera, éste se aseguraba un mayor apoyo para futuras expediciones puesto que se sabía que esta era la tierra de las especies y de la seda, artículos de sumo valor para las principales monarquías de la época, y además era harto conocido que en esta región abundaba el oro y otros metales preciosos. A partir de esta aseveración, el autor, remarca el profundo interés económico existente en ese proceso de ocupación de las tierras que hasta ese entonces aún no habían sido ocupadas.
            Desde mil cuatrocientos noventa y dos y por más de trescientos años, la codicia del europeo se volcara de manera ávida sobre América y clavará sus colmillos para desangrar a esta tierra y a sus gentes para lograr expoliar de todos los recursos que se producían en el nuevo continente, costumbre que nos quedó como una terrible maldición y que parece no dejarnos después de haber transcurrido más de quinientos años de ese trascendental suceso.
            De la misma manera nos expone, que en el proceso de la conquista de América fueron múltiples los actores que intervinieron de manera muy marcada en ese drama, algunos como claros protagonistas, otros en cambio sólo formaron parte del coro anónimo de la historia cuyos nombre se pierden en el olvido, y son borrados por supuesto por la desmemoria. En este orden de ideas, vamos a encontrar entre otros:
·         A la monarquía Española en primera instancia y más tarde a otras monarquías europeas que a fin de cuentas serán las principales beneficiadas de los despojos que realizan los españoles en sus colonias de ultramar – estas coronas serán primordialmente la inglesa, la francesa y la holandesa – y que iban a parar en las arcas de los banqueros originarios de otras naciones.
·         Los Exploradores, cuya principal figura está encarnada en el propio Cristóbal Colón pero, donde figurarán personajes de la talla de Hernán Cortez, Pisarro, Almagro, Cabeza de Baca, entre otros, quienes representaban el sentido de aventura y de cierto romanticismo del europeo del renacimiento, que en pos de la gloria y la fortuna, lo dejaban todo y arriesgaban sus propias vidas.
·         La iglesia católica, cuya figura preponderante por supuesto será el Papa, quien tomará la conquista de América como una feroz lucha contra el propio demonio, la conquista y el genocidio consecuencia de la misma, recibirá la bendición de la iglesia católica, que buscaba entre otras cosas ganar almas hacia el cristianismo, pero para ello, debían primero que nada, acabar con la multiplicidad de dioses que señoreaban este lado del mundo. Es por esta razón, que al aborigen americano se le impuso la lengua española y la religión católica.
·         Por último en este drama, como veníamos diciendo aparecen los cientos de miles de aborígenes que murieron o que fueron sometidos a trabajos forzados o fueron obligados a aislarse en los lugares más recónditos para poder sobrevivir. También aparecen por cientos de miles, los negros traídos del África y que tuvieron como suerte ser sometidos a la esclavitud o morir en el mar recorriendo el trayecto entre  África y América, después de haber sido casados como animales.

Mucho se ha hablado sobre la verdadera significación y el sentido más apegado a los hechos acaecidos a partir del doce de octubre de 1492, al principio se le llamó descubrimiento, en el estricto sentido de que el europeo había descubierto América y a sus pobladores, pero es bueno destacar que también el aborigen americano descubrió a unos hombres y unos modelos de vida que le eran totalmente desconocidos e incomprensibles. Que el autor lo refiere cuando expresa que: “El emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras noticias: un cerro grande andaba moviéndose por el mar…” con lo que se denota un claro desconocimiento por parte del aborigen de los avances con los cuales llegaba el español a las tierras americanas, la primera conquista partió desde la ingenuidad del indígena, que al principio recibe al invasor, como si se tratase de un Dios.
El avasallante despliegue tecnológico del europeo sobre el primitivo conocimiento del indígena le otorga una ventaja muy considerable para lograr el sometimiento del otro, también se valieron de alianzas de factores y actores que se encontraban en pugna a lo interno del mundo indígena al momento en que se produce el también llamado encuentro de estos dos mundos.
Toda la muerte, todo el saqueo, todo el sufrimiento infringido contra el continente americano tenía como fin último obtener a toda costa las riquezas que se hallarán – y que para ese entonces era el oro y la plata fundamentalmente – bien poco les importaba la altura cultural que poseían los pueblos de América como los Aztecas y los Incas, los exterminios se hacían por el solo hecho de obtener el oro, pero el aborigen al percatarse de tal situación, inventa sus propias leyendas, entre ellas la de El Dorado, que buscaba como fin último alejar a tierras inhóspitas a quienes tanto ansiaban el oro, los conquistadores eran enviados a lugares de donde seguro no regresarían con vida, también creó sus leyendas para explicar algunos fenómenos naturales que se desarrollaban en su entorno. Eso sería más tarde uno de los hilos conductores para la construcción de nuestra cultura.
De igual manera ocurría con la plata, en el Virreinato del Perú los españoles se encontraron con el Potosí que era nada más y nada menos que una montaña de plata, la cual fue desvastada en menos de cincuenta años, utilizando a través de la fuerza la mano de obra indígena, sometiendo a la población autóctona a los más duros trabajos forzados, haciéndolos vivir y morir dentro de la montaña tan solo para extraer tan preciado metal. Pero, las riquezas producidas por América Latina, de nada le sirvieron ni América ni a España, puesto que otros serían los que sacarían el verdadero provecho de las grandes riquezas extraídas de las entrañas de la tierra americana. Quedándonos tan solo una pobreza para la mayoría de los habitantes que pareciera ser eterna.

Eduardo Galeano
Autor del libro: Las venas abiertas de América Latina







CÓDIGO: 1492*

YHERDYN PEÑA

            Los quinientos y tantos años que nos separan de la llegada de la corona católica española a la isla de Guanahaní nos teje un velo que nubla la visión de lo que de manera concreta se sucedió en estas latitudes a partir de tan crucial hecho. La primera aseveración que puedo traer a colación en estas líneas, es que existen tantas verdades como ventanas permitan las miradas. El conflicto se desprende precisamente de esta realidad, puesto que, cada una de las apreciaciones que esgrimen se intenta en la mayoría de los casos ser asumida como verdad verdadera, absoluta e inclusive, como dogma. Y desde estas posturas no se pretende ni se puede desarrollar un discurso conciliador que integre de manera objetiva los extremos profundamente antagónicos e irreconciliables.
            El año de 1492 tiene una profunda carga que pareciera implícitamente, estar señalado por “fuerzas misteriosas” para marcar un hito en la historia de la humanidad, recordemos, que en ese año, tan solo en el ámbito de la corona española, se consolida la unificación de España a través de la unión de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla y la toma de Granada, el último reducto moro en la península ibérica, pero además de ello fue el año de la expulsión de los judíos de tierras hispanas y el fortalecimiento de la santa inquisición apadrinada – o amadrinada – por la propia Isabel, este ciclo culmina con la carambola de Colón llegando a un nuevo continente – sin que este por supuesto se enterare -. El mar ignotum era de esta manera también conquistado, nuevo mar, nuevo cielo, nueva tierra, nuevos hombres eran abordados por la cultura europea con todos sus esplendores y miserias.
              Es sumamente complejo abordar el 12 de octubre de 1492, cuando estamos intensamente cargados de prejuicios sobre los acontecimientos que se desbordaron a partir de esta fecha. Siempre andamos mirando desde la acera de enfrente a los otros como extraños, pero más grave aún es cuando nos miramos como ajenos a nosotros mismos, resulta indiscutible que a fin de cuentas la historia que sobre América se ha escrito a lo largo de los años es producto de las afirmaciones y consideraciones que el europeo ha realizado sobre los procesos y la cultura que se desarrollaron intramuros en este nuevo continente. Pero, es bueno preguntarnos: ¿existía otra manera de hacerlo? Recordemos que a pesar que algunos de los grupos  indígenas de estas latitudes poseían niveles culturales bastantes “avanzados” – sobre todo los llamados imperios de Mesoamérica y Suramérica, Mayas, Aztecas, Chibchas e Incas – ninguno poseía un sistema escritural equiparable al español, recordemos que Nebrija ya al momento de la llegada del español a América había desarrollado la gramática de esa importante lengua – la española – que definiría en los siglos subsiguientes la lengua de cientos de millones de latinoamericanos. Por tal razón, es más que justificable la relación historiográfica que del proceso de conquista y colonización nos llegan a nuestros días.
            Es por ello, que la mirada que tenemos en buena parte, es producto de la mirada que se desprende del observador español, que registra sus observaciones desde la crónica o a través del trabajo epistolario y misionero. Pero esa mirada que se abalanza sobre nuestro devenir es también influencia de toda una carga de valores propios del catolicismo más rígido de la Europa de finales del medioevo. En más de una ocasión en la medida que hallamos descripciones sobre la brutalidad con la que eran tratados hombres, mujeres y niños tantos originarios de América como de África, nos exaltamos y requerimos respuestas sobre qué derecho tenían estos hombres y estos imperios para actuar de esa manera en unas tierras que no le pertenecían, y con desilusión hallo la respuesta: todo. Jurídica y moralmente – por supuesto que es necesario destacar que el cuadro de valores, moral y ética del ser humano no es estático, ni mucho menos perenne – le daban la potestad al hombre europeo de apropiarse de este “nuevo mundo”.
            Por tal razón, es la concepción por parte del europeo del continente vacuo, del indígena considerado como salvaje, del derecho divino de los reyes de administrar y señorear sobre la tierra y los hombres en nombre de Dios. La jurisprudencia europea, le otorgaba a ellos todo el derecho para apropiarse de este lado del mundo, pero cabe destacar, que en este proceso se valió de una concepción excluyente, al otro se le ignoró puesto que simplemente no eran humanos, y si en algún momento fueron considerados como tal, eran de segunda categoría, de un nivel desde todo punto de vista inferior. Los indígenas poseían otras maneras de convivencia, otra cosmogonía, otra cosmovisión, y que en la mayoría de los casos se sustentaba en una relación en gran medida armoniosa con su entorno, el europeo no podía comprender esta realidad, eso era cosa de salvajes, eran males del atraso y debían ser extirpados por la civilización.
            La confrontación civilización – barbarie fue el plano esencial sobre el cual se desarrolló el proceso de la conquista. Dos modelos societarios se descubrieron mutuamente, uno avasallante, por su fuerza militar, por su densidad cultural, por su aparataje tecnológico, el otro por su propio modelo de ver al otro se vio obligado a brindar una triste resistencia, que se caracterizó en el aislamiento o la aniquilación.
            El 12 de octubre es el intento de implantación del modelo social, político, económico y cultural europeo en latitudes geográficas diferentes a las propias europeas. Esto desencadenó en un nuevo género humano – sobre todo en América latina - y el desarrollo de estos modelos desde una perspectiva periférica. Europa engendra un modelo que nace con particulares características y necesidades. Pero a la vez, Europa no sale de este proceso indemne, ella también toma su parte, el europeo que llega América ya no es el mismo europeo, él también sufre una metamorfosis, 1492 sirve de preámbulo a la globalidad, es a partir de esta fecha que se asume con cierta conciencia la esfericidad de la tierra, pero también surge la imperiosa versión de la unicidad de pensamiento.



* Comentarios expuestos en el Foro: “Múltiples visiones sobre el 12 de Octubre de 1492 El día 16 de octubre de 2008.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

INDEPENDENCIA:
Discurso y poder.
Yherdyn Peña*

            El siglo XXI se caracteriza por la simultaneidad, la inmediatez, la velocidad y la intrascendencia de las continuas tendencias modales que cada vez resultan más efímeras. La desvalorización del sujeto es otra de las realidades latentes en nuestro contexto actual, y por ello, su comprensión pierde interés y relevancia. De igual manera, se desvalora el conocimiento del pasado producto de la asimilación de una existencia finita que se ve reducida al instante; todo aquello que no es ahora, no posee notabilidad; el instante se convierte de esta manera, en el único tiempo en el que se puede conjugar al individuo.               
José Antonio Páez
            Y en medio de esta tormenta, nuestras escuelas y universidades no han logrado asimilar aún esta situación, puesto que éstas marchan a una infinitésima velocidad con respecto a la que imprimen los cambios que se suscitan en la sociedad; quedan rezagadas y buscando explicaciones desde cuadros de valores obsoletos y a través de instrumentos que pierden su validez en la medida que resultan poco menos que aplicables a estas nuevas realidades.
            De la misma manera, es necesario señalar, que la violencia como instrumento fáctico de los poderes que se disputan la hegemonía en el seno de la sociedad ha enseñoreado todos sus ámbitos, y a su vez ha pretendido distorsionar la realidad presente construyendo nuevos referentes y significados de nuestro pasado histórico. El cual, al ser banalizado resulta fácilmente fracturable y sus distorsiones son casi imperceptibles por las generaciones que acuden a esta resemantización de la historia.   
            Y en este sentido, el incontenible e inalcanzable tiempo remonta las estepas en las que se fragua la esencia misma de la historia, inconmensurable como la propia existencia pareciera que se nos escapara del alcance, que ese nuestro pasado se diluyera a causa del más ingrato de los visitantes: el olvido. Hoy, rememoramos fechas, exaltamos nombres de manera indiscriminada, arropamos percepciones carentes de sentido e incurrimos en la falta sin igual de la reproducción de estereotipos construidos desde los discursos oficiales, entiéndase: desde los discursos de los poderes.
            En este orden de ideas, señalamos que, el manejo del pasado como herramienta para justificar actuaciones, glorificar y sobredimensionar realidades ha sido una constante en el quehacer sociopolítico humano. Es por esta razón, que a doscientos años de nuestra independencia resulta apremiante que el discurso que sobre este hecho se construya y se transmita, nos permita la consolidación de una república en que la unidad desde la diversidad sea el motor que ponga en marcha nuestra cotidianidad. No basta con la grandilocuencia encendida desde multitudinarias concentraciones para reconocernos parte de un colectivo, no es suficiente la recurrencia del discurso mediático para considerar de buena fe, que estamos asistiendo a la configuración de la identidad del ser social republicano. Realidad que por cierto, producto de la actual polarización en el panorama político nacional produce que los sujetos que la conforman se cohesionen en torno a fracciones y parcialidades desde las que se desdibujan las condiciones propias de la nacionalidad. Asistimos igualmente a la divergencia absoluta e irreconciliable sobre los orígenes y sentidos de nuestra vida republicana a partir de visiones maniqueístas y descontextualizadas del pasado.

Luisa Cáceres de Arimendi
Ejemplo de la mujer luchadora

            Por tal razón, esta generación bicentenaria está convocada innegablemente a “…buscarse en las ausencias de su historia. Eso es, escudriñarse en cada agujero cultural vivido y como corolario de una hechura social originaria.[1] Tal como lo expresara Berrios (2007: 51). Pero para ello, resulta necesario que se comprenda que en la construcción de nuestra historia, la retórica ha sido el método privilegiado en el estricto sentido de la búsqueda de la belleza y la proyección de vigor en el estilo con el cual se ha llevado a efecto. Con esta actitud, se ha alterado, se ha ocultado o se ha mentido sobre la realidad histórica para satisfacer percepciones particulares y convalidar proyectos políticos en diferentes etapas de nuestra historia.
            A partir de esta afirmación, se puede además señalar que el espacio primordial para dichas mistificaciones en la historia venezolana ha sido precisamente el período de la independencia, catorce años de nuestra historia – los de la guerra de emancipación - sobrepasan con creces el centimetraje dedicado a cualquier otro acontecimiento de la misma. De esta manera, el proceso independista se convierte en el cero histórico para los venezolanos. Lo que a claras luces nos expresa la obligación que nos convoca al estudio de los acontecimientos que enmarcaron esta realidad.
            Se destaca desde estas líneas que la condición otorgada a la independencia como única matriz generadora de historia acarrea implicaciones muy serias dentro del proceso formativo de la identidad nacional, la construcción del imaginario colectivo se consolida negando incluso a las propias razones que provocaron la ruptura con el nexo colonialista del imperio español, socava la ilusión de efectuar una mirada longitudinal que trascienda a los estertores del sistema republicano, puesto que a partir de esta realidad, se asume que hemos sido concebidos en el fragor de la guerra y que somos hijos de la confrontación y la división. Este será el signo que nos identifica y que se arraigará en la conciencia ciudadana. Producto de estas aseveraciones, resulta necesario que, “… en los signos cotidianos (se desenmascaren) las falsas evidencias, “lo que cae por su propio peso”, lo “verosímil”, los mitos; en una palabra, las ideologías que concurren siempre a un idéntico fin: deshistorizar la historia y universalizar lo contingente. (Giménez, 1976: 277)[2].
            Indicamos de igual manera, que la heroicidad, lo súperhumano, lo epopéyico y lo individual han sido la marca de fábrica del hecho independentista en la historia presentada a las nuevas generaciones, convirtiendo a este evento en una simple “… alegoría, mistificación social y código pequeño burgués…” (Ob. Cit: 277). Trasmutando a la historia y a sus personajes al submundo connotativo del mito, el cual, “es a la vez parásito y ladrón de significados: parásito porque se constituye a partir de un significado que le preexiste; ladrón de significados porque injerta sobre el significado de base un nuevo significado que lo distorsiona y lo deforma. (Ob. Cit: 277 - 278).
            Resaltamos por otra parte, que la construcción, desconstrucción y reconstrucción de discursos en torno al hecho histórico se ha conformado en una dinámica que perfila y configura el escenario político nacional en una sucesión de altisonantes pronunciamientos patrioteros en los que en las más de las veces se busca dejar de lado “…el aspecto histórico del sistema primero sobre el que se injerta; (y en este sentido) “el mito se constituye gracias a la pérdida de la calidad histórica de las cosas: éstas pierden en él la memoria de su fabricación (Ob. Cit: 1976: 278).
            Así las cosas, el discurso historiográfico venezolano en general y el relacionado a la independencia en particular es diseñado desde la perspectiva del mito tecnificado, es decir que, “…surge como producto “político”, busca un fin establecido y es creado intencionalmente, por un determinado sector. Generalmente este último se basa en imágenes deformadas e inclusive, el lenguaje en la mayoría de estos casos, es común tan sólo para un exclusivo grupo social. (González y Peña, 2003).[3] De esta manera, la escisión de las colonias americanas al imperio ibérico se constituyó en la pila bautismal de la clase gobernante venezolana. Todos, sin excepción buscan legitimar su poder desde la identificación con la causa patriota de la independencia y con el culto de los héroes de la misma.
            Podemos apreciar que los presidentes, desde José Antonio Páez hasta Hugo Chávez, han intentado cada uno de ellos, identificarse con la figura de Bolívar, todos por igual, han pretendido – de manera manifiesta - exhibir un profundo sentido bolivariano, hoy acudimos a la maximización de esta realidad. Baste con abrir la ventana para encontrarnos con la constitución de una república bolivariana, estados bolivarianos, alcaldías bolivarianas y pare usted de contar. El culto exacerbado a Bolívar, exhibido por los gobiernos de turno de ayer y hoy ha sido la mayor deformación a esa concepción fanática que se ha forjado sobre la independencia, situación que se agrava, si tomamos en cuenta que este discurso poco o nada se ha correspondido con las acciones y ejecutorías de las políticas esgrimidas por estos gobiernos que han tenido la labor de gerenciar al estado.
            Si dedicamos algunos minutos en realizar una sucinta revisión de las contradicciones y ambigüedades que se han edificado en torno a las implicaciones de la independencia, fácilmente se podrían apreciar los claros intereses que las soportan. Veamos:
            Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), la independencia es una cualidad o condición de independiente y hace una clara alusión a  la libertad de un estado que nos es tributario ni dependiente. Pero, el proceso emancipatorio nacional al no construirse desde un proyecto originario, quedó íntimamente supeditado a los vaivenes de un mercado capitalista internacional manejado por hilos en poder de las grandes potencias extranjeras.            En este sentido, se rompe con el gobierno español, más no con el imperialismo en sus más amplias y diversas expresiones. No se construye un modelo republicano que no parta desde las perspectivas europeas y bajo la tutela del gran “hermano mayor”, lo que fractura de igual manera la otra acepción que posee el DRAE sobre la independencia que refiere a la no admisión de intervención ajena. Intervención que va a estar latente en el caso venezolano durante toda nuestra historia republicana y que va a lucir obscena una vez aparecido el petróleo en nuestro país.
            Por otra parte, si nos remitimos a los hechos históricos desde los cuales se forjó la independencia venezolana se podrá apreciar que inicialmente fueron hombres de letra, de fe y de derecho los que tuvieron el papel protagónico en eventos como el 19 de abril de 1810 (Vicente Salias, José Cortés de Madariaga, Juan Germán Roscio, entre otros), en este sentido, la pluma fue primero que la espada, sin embargo, durante 146 años de historia republicana (hasta 1959) prevaleció la hegemonía del militar y de lo militar sobre la civilidad. Pero posterior al Pacto de Puntofijo e incluyendo a la “V República” el funcionamiento del estado prosigue bajo la tutela de la fuerza armada.
            Esta situación fue uno de los detonantes del caudillismo que marcó la historia de nuestro siglo XIX que tanta sangre derramada le costó al país, que sumió en la ruina a la economía nacional por largos períodos y que hasta hace poco lanzaba un halo de superioridad en organización y eficiencia al estamento militar en la percepción de la ciudadanía venezolana. El militarismo, en la concepción de muchos, refería al orden que amerita un país para su sano desarrollo, que en algunos casos era expresado en el llamado “gendarme necesario” con las consabidas consecuencias que nos vimos obligados a padecer como pueblo.
            Adicional a lo antes expuesto, se puede señalar que además de la invasión napoleónica a la península ibérica y la posterior usurpación del trono español por parte de los hermanos franceses, Napoleón y José Bonaparte (el popular pepe botella) después de la abdicación de Fernando VII y la de Carlos IV reyes de España, la causa fundamental que desencadenó las circunstancia que conducirían a la guerra de la independencia fue el desplazamiento político de los mantuanos por parte de los blancos peninsulares. En el estricto sentido de la palabra, el proyecto independentista, fue un proyecto político mantuano, engendrado en el seno de la burguesía territorial de la colonia que no tenía pretensiones de producir cambios significativos en la estructura económica y social.
            Sin embargo, el discurso dominante se ha encargado de dibujar una ilusión de génesis popular de esta importante acción política y militar. Las clases más desposeídas en las primeras etapas de cambio, poco le importaba que bando resultaba triunfante, si se comprendía que el resultado para ellos sería el mismo: la explotación. El punto de quiebre a mi parecer, se produce en Trujillo el 15 de junio de 1813 con la Proclama de Guerra a Muerte lanzada por Simón Bolívar. Donde necesariamente se inicia el establecimiento de las definiciones ante la amenaza de esta nueva situación. Pero a pesar de esta contundente realidad esa visión romántica prevalece y configura todo un imaginario, donde las clases sociales se asumen como baluartes de la lucha que entregan la conducción de sus destinos a los más preparados, más capaces, en resumen, a las oligarquías. Es el nuevo “contrato social” roussoniano que rige los destinos de la república y que se mantiene vigente hasta nuestros días.
            Puesto que no pretendo extenderme demasiado, quisiera señalar para concluir, que la herencia de la independencia ha servido para estructurar todo un intrincado andamiaje ideológico al servicio de los grupos de poder, y que éste se ha vertido de manera constante a las masas que los han consumido acríticamente generando percepciones erradas que contribuyen más a la divisiones a lo interno de la sociedad que a perfilar el ser cívico que se amerita en los actuales momentos.
            Igualmente es de señalar que el período de la independencia fue una ruptura histórica que puso en crisis al sistema colonial, que producto de las ejecutorías de los gobiernos que la sucedieron se han perdido valiosas oportunidades que puedan conducirnos a una honesta identidad nacional, en la que sin complejos podamos asumir nuestros errores y engrandecernos como patria.
            Por otro lado, se amerita que los actores educativos se aboquen a la profundización de los valores reales de la independencia y las implicaciones que esta acarrea. De la misma manera es necesario el desarrollo de estrategias que permiten echar las bases para el establecimiento de puentes que pongan en diálogo franco a las generaciones del pasado con las del presente. Dichas estrategias deben involucrar los más diversos métodos y técnicas disponibles para optimizar esa comunicación que a cuenta gotas se ha venido perdiendo y que ha fracturado nuestra identidad, porque hemos venido dejando de decirnos quiénes somos.
            Por último se invita a la desacralización de la independencia y de los hombres y mujeres que en ella participaron, porque tan sólo trayéndola hasta los límites modestos del hombre común, ese que día a día debe enfrentar el agreste entorno que lo sumerge en el anonimato podrá servirnos para comprendernos como sujetos de la historia, y apreciarnos, no como extraños ni mucho menos como incapaces, si no como actores que participan en la trama de este devenir que es nuestra historia. Enriquezcamos diariamente el debate sobre nuestras maneras de construir memoria, que no es otra cosa que la forma de rendirnos cuentas.
           
           




* Profesor en el Área de Historia en el NURR – ULA. Trujillo.
[1] Alexi Berrios Berrios en: América en las desgarraduras del tiempo.
[2] Gilberto Giménez, Literatura ideología y lenguaje. 
[3] Trabajo especial de grado: Los mitos y tradiciones como elementos reconstructivos de la historia regional. ULA.